Proyecto 2030. La novela on-line
Ya seguro que lo saben. En dos o tres días la nave de la NASA Artemisa-2 sobrevolará la Luna, pasará por detrás y regresará a la Tierra gracias a Newton. Y a muchos otros científicos que lo estudiaron. En esa nave viajan cuatro astronautas, algo que no sucedía desde la década de los setenta. Este viaje tiene muchas novedades (solo las tecnológicas llenarían varias páginas de este blog), pero hay una que me parece especialmente curiosa. Llegar a la Luna, dar la vuelta —sin el peligro del aterrizaje—, y regresar. Es algo con lo que se ha especulado en los últimos tiempos, y que incluso podría generar el que se ha dado en llamar "turismo espacial". Este ya arrancó hace unos años en la Estación Espacial Internacional con un millonario estadounidense —que paradójicamente pagó a Rusia por subir allí—, pero podría generalizarse. Con esta idea en mente, empecé a escribir una novela on-line por entregas, con la vana esperanza de convertirme en el nuevo Andy Weir (ya saben, El Marciano, Proyecto Hail-Mary y, curiosamente, Artemisa). Les dejo con un extracto de la misma, por si gustan. Si se les hace poco, aquí está el enlace al resto de aquel proyecto. Si se animan a animarme, me lo dicen en los comentarios.
>> Proyecto 2030. Capítulo 2. Extracto.
—Se moverá un poco. No se asusten.
El joven comandante Douglas Harley —hijo del famoso astronauta de la NASA, Douglas «Chunky» Harley— intenta tranquilizar a sus pasajeros. Faltan todavía treinta minutos para el lanzamiento. A su lado, Greg Tarantino, su copiloto habitual. Junto a ellos, pálidos como muertos, los tres pasajeros. «Si van a pasarse así todo el viaje, mejor se quedan en casa y se ahorran los cien millones de dólares que cuesta el paseo», —piensa Douglas. Mira a Greg. Está haciendo las comprobaciones con el personal de Control de Misión mientras consulta su smartphone.
—Ponlo en modo avión, idiota —le sonríe Douglas.
—Es Tina, mi novia. Cada vez que salimos a volar se pone de los nervios.
Harley hace este comentario con el micrófono deliberadamente abierto. Uno de los pasajeros sonríe forzadamente. Los otros dos siguen con los ojos cerrados, respirando agitadamente. Mira las pantallas con los sensores vitales. Todos ellos están monitorizados. El más grueso, que alterna la palidez mórbida con un rojo intenso en la cara, tiene las pulsaciones a ciento treinta. «Le va a dar un soponcio antes incluso de salir», piensa preocupado. Hay que relajar el ambiente un poco.
—La Dragon-3 es una versión más moderna que la famosa Dragon-2, con capacidad de hasta siete pasajeros. No hemos tenido ningún accidente, así que podemos decir sin temor a equivocarnos que esta nave es el medio de transporte más seguro del mundo.
Greg sonríe. Douglas sabe hacer su trabajo. Continúa con la cháchara.
—Estamos montados en la parte alta de un cohete Big Falcon, el más potente de nuestra compañía. Tanto que podríamos llegar a Marte con él. Aunque con la miseria que nos han pagado tendrán que conformarse con dar unas vueltas alrededor de la Tierra, llegarnos hasta la Luna, echar un vistazo desde arriba y volver a su casa. Las pulsaciones del gordo han bajado a ciento diez y esboza algo parecido a una sonrisa. Los otros dos pasajeros también tienen su corazón bombeando a más de cien latidos por minuto, pero dentro de lo normal para estos casos. El mismo Greg está en noventa y cinco, pero eso le pasa por estar enamorado, piensa Douglas.
—¿Cuándo tiene previsto SpaceX llevar gente a Marte? —le pregunta el más joven de los pasajeros, el único al que los nervios le permiten hablar.
—No tengo ni idea, Steve —contesta Douglas—. Los dos vuelos automáticos que hemos realizado hasta ahora han ido muy bien, pero llevar gente es mucho más serio. El debate está en las redes. La radiación en un viaje así es terrible. Serían viajes solo con billete de ida. Voluntarios no faltan, pero el viejo Elon tiene las manos atadas.
—¿Es cierto que quiere ir él mismo? —insiste Steve, pero la pregunta se queda sin respuesta. Un rugido atronador impide oír nada.
—Son los preliminares —grita Douglas—. Todo bajo control, pero los electros de los tres pasajeros se han disparado. Douglas cierra el micrófono de los pasajeros.
—Greg, ¿preparado?
—Preparado. Todo okey.
—¿Control? El halcón está listo para volar.
—Perfecto, Douglas —contesta una voz femenina desde la base—. Nos hacemos cargo nosotros. Te quiero, Greg.
—Te quiero, Brenda.
Los más de treinta motores Raptor de la lanzadera comienzan a rugir ciento veinte metros por debajo de los asientos de los dos tripulantes y los tres aspirantes a astronautas. Comienza a quemarse la metaloxina a una presión de trescientas atmósferas, la compleja mezcla de oxígeno líquido y metano también líquido y altamente densificado que constituye el propelente del monstruo. Una sofisticada comida cuya composición exacta la compañía guarda celosamente. El resultado es brutal. Más de seis mil toneladas de empuje.
—Sujétense bien —grita Greg a todo el pasaje—. Si antes nos hemos movido un poquito ahora viene lo bueno.
Douglas mira el ordenador de abordo. Toda marcha a pedir de boca. El cohete comienza a elevarse lentamente. Los valores de aceleración son correctos. Todos los indicadores están en verde. Los de Control saben lo que hacen. Es su cuarto viaje a la Luna. Siete días de excursión. Antes de esto también tuvo que acoplar una cápsula Dragon-2 a la desahuciada Estación Espacial en un par de ocasiones. Misiones de desalojo de la vieja chatarra, ellos fueron el camión de la mudanza. Una lástima. Muchos años allá arriba para terminar así, convertida en cenizas dentro de nada.
—Douglas… —Greg le señala el monitor de constantes vitales de Oleg, que no es otro que el grueso pasajero ruso. Su corazón late a más de ciento cincuenta pulsaciones. Cuando late.
—Dios, ahora no podemos chutarle nada. Que no se muera aquí, por favor… —pero la cabeza de Oleg dentro de casco parece a punto de estallar.
—Aquí Control. La trayectoria del pájaro es perfecta. ¿Qué le pasa al pasajero ruso?
—Se ha desmayado —contesta Greg—. ¿Qué dice el equipo médico? —Parece un infarto —habla una voz desconocida—. Tenéis que meterle una inyección de epinefrina ya.
—¿Qué? —pregunta Greg que apenas puede oír nada debido al estruendo causado por los treinta motores Raptor quemando más de mil toneladas de metaloxina a toda velocidad.
—Adrenalina —contesta Douglas—. Deja, yo me ocupo.
Douglas libera su mano derecha del anclaje del asiento y alcanza el botiquín de emergencia. Apenas puede mover la espalda debido al brutal empuje del Big Falcon. Extrae la jeringuilla del plástico y se lanza sobre Oleg. Un pequeño siseo de aire se escapa del traje espacial de vuelo del ruso fabricado en biopreno.
—¿No hay que hacer el pinchazo en el corazón? —dice Steve, presa del pánico al igual que el misterioso tercer pasajero, que todavía no ha abierto la boca. —Si es un vampiro, puede que sí —contesta el comandante de la misión—. Pero no me consta que lo sea. —Vamos amigo.
El ritmo cardíaco del millonario ruso mejora lentamente. Douglas resopla y se relaja momentáneamente sujeto de nuevo a su asiento. La primera etapa, el lanzador, ya ha sido separada de forma automática de la segunda con su cápsula Dragon-3, y el insoportable ruido ha cesado casi por completo.
—Miren por las ventanillas, que para eso han pagado. No olvidarán nunca estas vistas.
En efecto, nunca las olvidarían. <<

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