Auge y caída editorial. La enorme burbuja actual (Parte I)
De vuelta al mundo del blog y, por ende, de la escritura, aprovecho esta plataforma para contar y explicar mi experiencia en primera persona. Y, más adelante, ahondar en el enorme e incomprensible mundo de la publicación editorial. Lo haré en varias entradas, para no cansarme yo ni cansar a los demás.
Mis inicios como escritor nacen con el siglo, allá por 2001. Ha llovido, como suele decirse. Tanto entonces como ahora mi faceta literaria -o como queramos llamarla sin mayores pretensiones- está motivada por mi afición a los libros. Principalmente como lector, más tarde como aprendiz de escritor. Apenas he tenido la tentación de llevar la escritura al primera plano de mis actividades -en lo económico, entiéndase-, aunque explicaré este extremo llegado el momento. Como saben, mi día a día transcurre entre laboratorios y telescopios. Y eso me permite vivir con cierta dignidad junto a los míos aunque, ciertamente, la científica es una actividad tristemente infravalorada. Al menos, en nuestro país. Pero esto es otra historia.
Como digo, allá por 2002 ofrecí mi primera novela -un relato largo, más bien- a una pequeña editorial local castellana con la intermediación de algunos amigos comunes. Era una narración experimental, distinta, algo gamberra, muy desenfadada y sin muchas pretensiones. Tal vez por eso gustó a los editores, por su espontaneidad. La novela fue muy bien tratada -los editores, aunque jóvenes, eran y son tan expertos como ávidos lectores y muy profesionales en lo suyo, prudentes y cuidadosos con los textos- y el resultado un libro bonito (aunque horrible). Una tirada discreta con una distribución local y una respuesta en ventas moderada pero asumible. Y buenas críticas. Un comienzo tan agradable como esperanzador. Nunca les agradeceré lo bastante esa primera oportunidad (Difácil Editores).
Huelga decir que seguí escribiendo cuando mi trabajo y otras actividades me lo permitían con bastante empeño (y pasión). Y en esas estaba cuando di con un argumento para una novela con unos ingredientes casi perfectos: misterio con intriga histórica, divulgación científica, implicaciones modernas y un grado muy alto de verosimilitud. Si conseguía combinar todos estos elementos apropiadamente, tendría una gran novela. No pensaba en editoriales todavía, ni en un posible éxito -como, por otra parte, es habitual cuando un escritor afronta un nuevo reto literario-, solo en darle forma. Y, mediada la novela, decidí echar el anzuelo. Por ir ganando tiempo. El proceso que seguí era de lo más habitual: ofrecer unos capítulos de lo ya escrito a distintas editoriales (de tamaño mediano o especializadas; grandes quedaban de antemano descartadas puesto que era inútil hacerlo para un novato como yo). Así que envié una propuesta editorial a unos diez o doce -no lo recuerdo exactamente- destinatarios. Corría el año 2006, y nada se parecía a lo que ahora vivimos. La mayoría de correos electrónicos quedaron sin respuesta (o si la hubo por parte de alguna editorial, esta fue bastante descortés e incomprensible. Apunto el adjetivo de incomprensible porque esta editorial antipática a la que me refiero se ha hecho hoy en día famosa y millonaria publicando a dos autores noveles que están en boca de todos. No importa el nombre ahora). Sin embargo, dos editoriales mostraron un rápido interés: Edhasa, por aquello del trasfondo histórico de mi novela, y Roca Editorial. Ambas me pidieron el manuscrito completo para evaluarlo, pero solo la segunda aceptó leer la mitad inacabada (de cualquier forma, tengo un aprecio enorme por el trabajo de Edhasa, una de las mejores editoriales nacionales, sin duda alguna). A los pocos días me llamó la directora de Roca y, literalmente, apostó fuerte por mí.
Tanto es así que, incluso antes de entregar el manuscrito terminado, mi novela se estaba moviendo en ferias internacionales. Y en las principales revistas estadounidenses como la gran promesa europea (o una de ellas, tampoco voy a mentir como un bellaco). Como suelen decir lo más jóvenes ahora, yo flipaba en colores con todo aquello. El resultado fue la venta de derechos de las ediciones internacionales que, en el caso norteamericano (Harper Collins), era una cantidad de dinero que excedía mi imaginación (no tanto por el montante, sino por el hecho de que yo era alguien completamente desconocido y acabé en el mismo lote que el grandísimo y añorado Carlos Ruiz Zafón, por ejemplo). Así que cuando vio la luz El Castillo de las Estrellas casi todo el camino estaba andado. Fueron muchas entrevistas, críticas positivas, presentaciones y traducciones a distintos idiomas a lo largo de los meses siguientes. Ya Google no me encontraba como autor de publicaciones científicas de perfil bajo, sino como novelista. Incluso, como adelantaba más arriba, podría pensar en cambiar de actividad principal. Mis ingresos esos años por ventas y derechos de autor superaron con creces a los de un paupérrimo sueldo de ingeniero jugando con la astrofísica. Hice números, como buen científico, y las cuentas me decían que publicando una novela cada dos años podría llevar una vida desahogada, a poco que las ventas respondieran. Pero no. Elegí continuar con mi agradable y motivadora ocupación tecnológica -que ciertamente me apasiona- y seguir escribiendo cuando mis horarios, mi pereza natural y mi familia me lo permitieran.
El efecto del exitoso Castillo duró unos años. Y también el de El libro de Dios y la Física, que fue así como la editorial estadounidense renombró la novela (feo, ciertamente, pero ni se me ocurrió negarme ni falta que hacía). La escritura siguió su rumbo atravesando mis neuronas con un nuevo argumento más complejo y retador: contar la historia novelada de la astronomía en China. Dicho así, parece aburrido, pero de haber sucedido en la realidad lo que yo sugería en la novela el mundo hoy en día sería muy distinto. A Roca Editorial le encantó el proyecto y la novela, y esta se publicó ya en 2013 (El templo del cielo). Me llevó su tiempo terminarla. Tal vez el exceso de documentación, la extensión de la novela, o ambas cosas, hicieron que no tuviera el éxito de su antecesora. Yo, personalmente, acabé saturado -incluso estudié chino dos años para entender a mis propios personajes-, y la respuesta de los lectores, aunque positiva y animosa, fue mucho más corta. No era para desanimarse, aunque me entraron algunas urgencias. Y eso nunca es bueno.
Me he limitado hasta ahora a hablar de novelas, que es el género literario por excelencia. Tengo que completar el paisaje. También he publicado algún libro de divulgación científica por encargo (en mi caso, RBA). A pesar de la experiencia, no me compensó el trabajo. Demasiada labor de documentación necesaria para entregas con plazos de tiempo muy cortos. Tuve más ofertas para distintas colecciones, pero no me quedó otro remedio que rechazarlas. Sin duda puede ser un trabajo profesional, pero es estresante en cuanto a los plazos de entrega y nada agradecido en resultados (librerías o críticas brillan por su ausencia). En cualquier caso, agradezco estas ofertas. También las tuve en distintas revistas y publicaciones, y en diarios digitales. Algunas remuneradas -las menos-, otras no. Que me sirvieron para no perder la costumbre y mejorar mi técnica y prosa, valga la inmodestia. Fruto de una serie de aquellas colaboraciones relacionadas con la historia de la astronomía, y la maldita pandemia del Covid-19, nació un texto al que le tengo especial cariño: Estrellas por un tubo. El volumen fue editado nuevamente por Roca en 2022, con una excelente distribución en librerías y una labor de corrección de estilo sencillamente maravillosa. Es lo que tienen editoriales así (o tenían, ya verán de lo que me hablo). Las críticas fueron estupendas y yo soñaba con poder revisar el texto y ofrecer una segunda edición (imaginen: telescopios espaciales, vuelta a la luna, eclipses en 2026...) pero ocurrió lo peor. Y lo peor fue que Roca Editorial, ya en esas fechas, cambiaba su rumbo.
En concreto, Roca fue absorbida por uno de los dos grandes grupos editoriales que operan en España, en concreto por Penguin Random House (PRHM; el otro grupo es Planeta, ya lo saben). Una buena oferta y la jubilación de sus fundadoras tuvieron la culpa. Nada que objetar, por otra parte, y menos por mí que tanto les debo y les deberé. Pero el mercado tal y como lo entiende PRHM o Planeta no se parece en absoluto a lo que yo había vivido. Y en esas estamos. Voy con algunas pinceladas personales antes de interrumpir este texto en su primera entrega. En la segunda prometo ser más sincero y crítico si cabe.
Tras la divulgación, regresé a la novela. De nuevo una idea excitante me bullía en la cabeza. El mismo género que, por su singularidad, me había llevado con cierto éxito a todas las librerías. Una nueva narración de ciencia, historia, divulgación, ficción novelada y misterios encerrados por el paso de los siglos. Al cabo de un año revisando y puliendo el manuscrito decidí enviarlo, cómo no, a RE (Roca Editorial, aunque ahora ya solo utilizaré el acrónimo, para remarcar su nueva línea comercial). No hubo respuesta en muchas semanas. ¿Qué ocurría ahora? Insistí y finalmente localicé un contacto válido. "Esto es ahora como un Ministerio, no prometo nada". Al poco recibí una esperanzadora respuesta y me pidieron el manuscrito para su evaluación. Más y más semanas. Nada. Preguntas sin respuesta. Vuelta a pedir el manuscrito y más silencio administrativo. Sin respuesta, sin lectura, sin opciones. Lo que siguió (y sigue todavía) es un rosario de decepciones. Eché la vista atrás: ofrecer la propuesta a distintas editoriales, como había hecho allá por 2006 pero veinte años después. Decepcionante. Ni una sola de las ¿quince, veinte? editoriales contactadas de todo pelaje tan siquiera contestó (ni ha contestado) con un acuse de recibo. Con la excepción de aquellas que integran sellos de autoedición, que me plantearon (plantean) la posibilidad de cobrar por sus servicios. Visto el éxito en el negocio, y tras algunas consultas y muchas búsquedas en la red, decidí un cambio de estrategia: nunca había tratado con una Agencia Literaria, aunque sí, al menos, una de ellas me había representado internacionalmente en su día. Empecé por ahí. Amabilidad y negativa: no podemos dar salida a tantos escritores que nos ofrecen sus textos. Ni nos lo planteamos. El resto de agencias ofrecían servicios, el más habitual es la elaboración de un ITL. O eso, o nada. Y luego, ya si eso. Había que pasar por caja para empezar a hablar. Me resigné y solicité el preceptivo ITL a una de las agencias literarias más conocidas.
El contenido del ITL recibido fue muy positivo. Tuve que darle mil vueltas para asegurarme de que no había IAs rondando por allí, cortando y pegando alabanzas y parabienes. Quiero pensar que no, y la comunicación directa con la agencia así me lo corroboró. Texto impecable, sugerente, poco mejorable pero accesible en una fase normal de edición y altamente recomendable para su publicación. ¿Comercial? Bueno, para un público exigente era adecuado, quizás bajando algo el contenido divulgativo funcionaría. Al menos, me dije para mí, por fin alguien había leído la nueva novela (además de mis personales e intransferibles testers, que ya contaría). Alguien había leído, por fin, el manuscrito. Y le gustaba. Como soy de natural optimista, volví a la carga con RE. Y les adjunté el ITL. Ingenuamente pensé que les ahorraría trabajo, de tan ocupados como estaban con su nuevo catálogo, repleto de influencers, astrólogos, psicólogos, expertas en freidoras de aire, biografías de héroes del balón y simplezas varias. Al fin la respuesta. Fulminante. Ya no nos interesas.
(CONTINUARÁ en la SIGUIENTE ENTRADA).

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