Reflexiones sobre lecturas, burbuja editorial, reseñas literarias y redes sociales
De un tiempo a esta parte las encuestas —que son muchas, sobre todo si son positivas— indican un repunte del número de lectores. O, al menos, del número de compradores de libros. Incluso la terrible tendencia destructora de cierre de librerías se ha frenado y algunos emprendedores valientes han vuelto a abrir el negocio tradicional de venta de libros. ¿Cómo encaja esto con el papel de las redes sociales?
No es fácil de explicar —yo no sé hacerlo bien— ni de entender. Las matemáticas más simples indican que, cuantas más horas pasamos frente a los dispositivos electrónicos enganchados a las redes sociales, menos tiempo tenemos para leer. Porque horas de sueño no podemos quitar, que ya son pocas. Entonces, ¿qué hay de cierto en aquellos que dicen leer —e incluso masticar para después reseñar— hasta 100 o 150 libros al año? Las matemáticas, de nuevo, nos sacan del apuro. Si hay 52 semanas en un año esto significa leer dos libros a la semana, o incluso tres. Y las novedades —mismamente las sagas— no bajan frecuentemente de las 800 o 1000 páginas. ¿Postureo? ¿Afán de notoriedad? Hay bastante de eso. Aunque siempre han existido, y existen, los lectores compulsivos capaces de esto y mucho más. Pero son los menos.
Con el auge de la autopublicación como consecuencia del colapso editorial para dar salida a los autores noveles y muchos de los consolidados —ahí me duele—, se han multiplicado las reseñas, autorreseñas, referencias y consejos de cientos, miles, de críticos aficionados. Algunos de los cuales, incluso muchos, hacen valer su influencia —influencers— para seducir a las editoriales. Con lo que consiguen un triple efecto: el primero es conseguir material gratuito para continuar con su pasión (o negocio, quién sabe, porque hoy se monetiza cualquier cosa). Las editoriales les envían docenas de libros, regularmente publicados, para que la promoción sea más rápida, sencilla y, por supuesto, barata. El segundo efecto es el de la homogeneización. Este palabro indica que muchos de estos libros que las editoriales publican son, simplemente, clones unos de otros. Eso facilita la selección editorial, la reseña —más de lo mismo, no hay ni que leerlo—, y el consejo para la compra. Y, en tercer lugar, aquellos de más éxito son reclamados por las editoriales sin ningún escrúpulo para que se atrevan a publicar con ellos.
Me llama poderosamente la atención que muchos de estos consejeros editoriales en redes sociales, lejos de limitarse a promocionar aquello que les resulta gratis y sencillo, son tentados no solo para pasarse al lado oscuro de la novela, sino también para aconsejar cómo hacerte un autor de éxito (o las dos cosas a la vez). Me explico. Una vez que se domina el entorno —los neocursis lo definirían como ecosistema—, resulta entretenido meterse en camisa de once varas y explicar a los recién llegados, ilusos, fracasados, esperanzados, envejecidos o enamorados de los libros qué y cómo tienen que hacer para publicar. Para que estos también lleguen, alguna vez, a las mesas de novedades de las librerías. Y el mensaje que utilizan es simple: haz como nosotros. Esto convierte al mundo editorial en su conjunto (editor, crítico, librero, distribuidor, comprador y, cómo no, autor, con las IAs de invitados invisibles y silenciosos) en una especie de estafa piramidal adaptada a los tiempos modernos.

Véase si exagero. O no. Verifiquen —cómo he hecho yo— la cantidad de contenido en cualquiera de las redes sociales más famosas de los conocidos como hashtags:
#Books #Bookstagram #BookTok #BookLover #BookAddict #BookCommunity #LeerEsVivir #ThrillerBooks #Misterio #CrimeBooks #RomanceBooks #DarkRomance #RomanceReader #FantasyBook #Romantasy #FantasyReader #BookReviews #BookRecommendation #LibrosRecomendados #QuéLeer #CurrentlyReading, etcétera.
Hay quien, incluso, hace guías para conseguir llegar lo más alto: tres hashtags "grandes" y cinco "medianos", siempre acompañado todo ello de contenido visual /aesthetic. Y nuevas entradas todos los días buscando seguidores debajo de las piedras, detrás de las estanterías. Un sindiós que parece no tener remedio. Y que, sin embargo, ha servido para "levantar" el mercado editorial.
Pero esto es una enorme burbuja, me temo. Porque luego, de todas esas publicaciones que consiguen alcanzar la tan ansiada mesa de novedades en las librerías, apenas la mitad venden más de un ejemplar. No dan de comer a nadie, ni siquiera hay para un aperitivo. Esto es lo que hay.
Seguiré aburriendo, amenazo.
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