Auge y caída editorial. La enorme burbuja actual (Parte II)
Decíamos ayer (gracias, don fray Luis, por la entradilla) que mi existencia literaria causi-perfecta con RE está, virtualmente, finiquitada. Kaput. Fue bonito mientras duró. Ahora reviso sus novedades y, junto a una ¿conocida? (lo ignoro) influencer que puede ponerte al día en los avatares de cualquier princesa Disney por un módico precio, también hay quien se ofrece —ya con varias ediciones— a convencerte ¡científicamente! de la existencia de Dios. O sea, que lo que no tuvo interés en hacer el gran matemático Georges Lemaitre hace un siglo —el co-descubridor del Big Bang, amén de sacerdote, colega de Albert Einstein y asesor de Pío XII—, lo hace ahora un charlatán en su caseta de la feria del libro de tu ciudad. Pensarás que es envidia cochina, y de la buena, pero realmente es pena. Por mí y por ellos, ¡con lo que hemos sido y todo lo que hemos compartido!
En cualquier caso, esta ya es una puerta cerrada. De momento, ninguna otra se abre y dudo mucho de que ocurra. Por contar más experiencias, que no quede. El ser humano es curioso por naturaleza. No veo en ese catálogo mencionado de RE (ni en otros que solía consultar) novedades de otros autores de perfil similar, de "mi" generación, compañeros ignorados de fatigas. De obra corta pero críticas positivas. Nada. Virtualmente, han desaparecido. Pero puedes encontrarlos si te empeñas: autopublicando, copublicando o, mismamente, en KDP. Ya sabes, el mundo de Amazon. Este era un palo que tenía pendiente tocar. Como seguramente lo conoces, lo resumiré rápido. Consiste en compartir tu libro en la plataforma digital de este librero descomunal donde, además, los beneficios pueden ser más que notables. Tú eliges el libro. Y el formato. Un asistente de IA te puede proporcionar una bonita portada. Tú pones el precio, registras el ISBN... prácticamente todo en un santiamén. Luego, si quieres, y para que el algoritmo sea benevolente contigo, contratas una modesta publicidad. Es muy poco dinero —unos eurillos—, de tal forma que el navegante ansioso de novedades verá tu libro en oferta durante unos segundos. Visto así, merece la pena, y solo pagarás por los clics (casi que de Famobil). El caso es que, tal vez, y para unos pocos afortunados, esto funciona. El problema está, como todo, en el volumen. Son cientos de miles —literalmente— los manuscritos que allí se exponen, esperando ser descargados alguna vez. Mi experiencia, en corto, es como sigue: Tomé una novela breve no publicada —pero resultona, "Pesadilla en la Antártida", con un humor ácido para lectores inteligentes, claro está— y la subí a KDP. A coste cero. Es posible ofrecer la novela gratis unos días, para ir haciendo lectores. Así lo hice. Unas sesenta descargas mal contadas. Luego esperas las reseñas. Ninguna. O las páginas leídas (también Amazon te paga por eso, por leer, lo que parece el colmo de la pereza). Casi ninguna. Y, tras esa fase, pones un precio simbólico —1 euro—. Resultado: perdido en el océano de libros ignotos, nadie ha leído esta novela. Todavía (ni espero que nadie lo haga, ya que el algoritmo la ha sumido en el averno de los libros no leídos).
Este es el panorama actual.
Ahora quiero resumir, bajo mi humilde comprensión y visión del panorama editorial, lo que está sucediendo con los libros y los escritores. Y, por supuesto, con las librerías y los lectores. Estamos ante una enorme burbuja, comparable si cabe —y es mucho comparar— con la habitacional. Mi decálogo del desastre puede resumirse así:
- El escritor clásico ya no es nadie. No importan las publicaciones precedentes que te avalen. Es incluso recomendable que, al enviar el manuscrito a una editorial, ni lo menciones. Guárdate el DNI (muy importante). Incluso miente sobre tu género (sí; así es y que no se extrañe nadie). En cualquier caso, por mucho que ofrezcas un manuscrito, nadie te leerá siguiendo un método convencional. Así que miente todo lo que puedas para que suene alguna flauta. Siempre hay ratones (de biblioteca).
- (Es bien sabido que) Hay más escritores que lectores a juzgar por el número de novedades que exponen las librerías y que cuelgan de los portales on-line. Cualquiera puede escribir un libro —faltaría más, es un derecho inalienable— y, en el caso de que no sepas gramática ni ortografía, una IA normalita te lo pone listo para revista. Que, por otra parte, ya no se lleva. No se revisa prácticamente nada (salvo lo dicho: tu DNI y tu número de seguidores en redes sociales. Puedes ser un psicópata pero si tus neuras con like son del agrado del posible lector, igual te enganchan).
- Los criterios de selección en la compra de un libro se reducen así mucho: (a) lo que te recomiendan los expertos en RRSS (ojo, que hay casi tantos influencers como autores); (b) lo que te recomienda tu librero de confianza (lo que más vende, para qué engañarnos, y este criterio coincide con el anterior), y (c) lo que tu instinto te diga. Este último criterio está bien, siempre y cuando tu instinto no esté sesgado por: (i) fajas de publicidad peripatéticas; (ii) reseñas manipuladas —las más—; (iii) índices de ventas. Léase el siguiente apartado.
- Ventas: Se ha hecho muy famosa la estadística de que el 50% de los libros expuestos en las librerías no vende ningún ejemplar. Y fuera de ellas, solo lo adquieren amigos y conocidos. Entonces, ¿por qué se publica tanto y con qué criterio? Volvamos a empezar. Se publica aquello que se puede vender, con independencia de su calidad o interés o de quién o cómo se escriba. Si es una mierda —sorry— tanto da. Las tiradas son cortas y el papel barato. Siempre se puede amortizar tirando de personajes conocidos, que atraen compradores —que no lectores, algo muy diferente— a las presentaciones, ferias y demás eventos comerciales. El libro ya no es un bien tangible y apetecible. Es un bote de tomate. Pero firmado por Andy Warhol.
- También hay concursos literarios. Ni se te ocurra perder el tiempo. Normalmente están respaldados por las editoriales, así que no es otra cosa que promoción encubierta. Hay excepciones, claro. Pero a ver quién las encuentra.
- ¿Temáticas? Siempre las mismas. Si buscas y rebuscas en las mesas de novedades encontrarás los mismos temas contados de la misma forma una y otra vez. Si algo funciona, no lo cambies. El thriller, cuanto más macabro y sangriento, tanto mejor (los detectives siempre guardias civiles, es lo más respetado. La policía clásica está bajo sospecha). Género adolescente al alza: principalmente femenino, romántico pero spicy (o sea, Sombras de Grey pero para chicas con espinillas y cuentas de Instagram donde subir fotos leyendo). Por descontado, vampiros y otros seres del más allá que han decidido estudiar e incluso presentarse a la EBAU. Y sagas interminables de elfos, hadas, dragones, gárgolas y seres mitológicos comprometidos en extrañas batallas de reinos inventados.
- Con los temas del punto anterior se hace negocio. Pero hay que hacerlo rápido. Trilogía tras trilogía, mil páginas por volumen, seis libros al año con el mismo vampiro élfico de hormonas alteradas. ¿Cómo hacer esto? No es difícil. Antes había negros —con su permiso—, ahora nos sale más barato y fiable un programa de IA. Que es capaz de generar esas diez mil páginas en un par de días. Alguien se las tragará. Ya es un hecho, no una leyenda urbana. Los libros (a vender) se escriben solos.
- Una vez generada la literaturra, conviene adornar el producto. Encontrarás lomos decorados, ediciones especiales, volúmenes dedicados por el autor, eventos en tu ciudad favorita. Lo que pidas. Menos propuestas interesantes para tu inquieto intelecto, cualquier cosa. No apto para adultos, claro está.
- ¿Y los boomers? No los dejaremos de lado, siempre han leído y lo van a seguir haciendo porque vienen de planes educativos sensatos. Y suelen tener pasta. Pero no nos complicaremos la existencia con retos complejos. Tiramos de lo seguro, de autores mediáticos. De vez en cuando, se generará algún fenómeno editorial. Básicamente, se creará polémica mezclando persona y personaje, autor y obra. Funciona, siempre funciona. Luego mediremos el éxito midiendo la cola en el proceso de firma de autores. En casos contados, sacaremos gente joven, preferentemente autoras, porque escriben mejor, leen más y tienen más sensibilidad —lo que es completamente cierto—, aunque suelan escribir sobre los mismos tópicos ad nauseam.
- Y diez y último. Todo lo anterior conlleva un panorama caótico que, paradójicamente, ha hecho crecer el número de
lectorescompradores (el tachado es relevante, mucho). Mientras el negocio funcione, qué más da si Amazon entra o sale, si ya los escritores con oficio —muchos— tienen que abandonar las editoriales convencionales. Hay más negocio ahí afuera. Si quieren darse a conocer, que paguen. Los sellos de autoedición —que amablemente ofrecen las editoriales de siempre— son una digna salida. Al fin y al cabo, ya tuvieron su oportunidad. Y tienen garantizada la pensión.
NOTA: Este texto ha sido generado en treinta minutos sin la ayuda de IA alguna.

Comentarios
Publicar un comentario